Grisén es un municipio del bajo Jalón que debe su nombre a una villa rústica romana llamada Grisius. De ahí surgió el término medieval Grissenich, del que deriva el nombre actual de la localidad. Albergó también a visigodos y musulmanes, que desarrollaron un extenso sistema de regadíos. En 1177, Alfonso II de Aragón donó la villa y castillo a la Orden Hospitalaria de San Juan para fundar allí un convento de religiosas, el primero en su género y que persiste en el tiempo por lo menos hasta el siglo XIII.

El Canal Imperial de Aragón encuentra entre los términos de la localidad y Alagón su mayor obra de ingeniería, el acueducto del Jalón de 1780. Popularmente es conocido como las ‘Murallas de Grisén’. Esta construcción permite salvar el cauce del Canal que cruza el río Jalón gracias a una estructura que eleva el caudal del Canal varios metros. Realizado en mampostería y sillares, consiste en dos grandes murallas de aprox. 1.400 metros de longitud cada una. El salto del Jalón se soluciona gracias a cuatro grandes arcadas de sillares, que soportan todo el caudal del Canal que debe cruzar el río en su camino hacia Zaragoza.

La iglesia parroquial de San Martín de Tours del siglo XVI, sobresale por encima del conjunto del casco urbano. Esto de debe a su esbelta torre barroca rematada con un gran chapitel de cobre. Es de nave única y planta de cruz latina. Esta fábrica, de ladrillo y tapial, cuenta también con una capilla lateral y una torre-campanario del siglo XVIII. En su interior, albergan auténticas joyas artísticas como la tabla gótica de la Virgen del Pópulo del siglo XV, atribuida al maestro aragonés Martín Bernat.

La economía de esta localidad ha girado tradicionalmente en torno a la agricultura, aunque la llegada del ferrocarril en el siglo XIX, supuso el gran progreso de las nuevas industrias. La madrugada del 10 de febrero de 1965 tuvo lugar en las proximidades del municipio el incendio de un tren correo de la línea Madrid-Zaragoza-Barcelona en el que fallecieron oficialmente 30 personas. La localidad desde entonces recuerda a las víctimas con una placa con el nombre de los fallecidos instalada en el cementerio, donde muchos de ellos fueron enterrados.

Los periódicos narran que en 1911 en este pueblo vivió Pilar Hernández, una vecina a la que tacharon de bruja tras enfermar varias mujeres de Grisén. El odio y las malas voluntades hacia Pilar fueron tan fuertes que tuvieron que concentrar fuerzas de la Guardia Civil. Finalmente, un médico logró demostrar que las mujeres estaban enfermas por histerismo.
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